El 28 de marzo de 1942, tuberculoso, “haciendo turismo” de cárcel en cárcel, fallece el poeta español Miguel Hernández. Ha caído él a casi tres años de la caída de Madrid (1 de abril de 1939).
Luego de la desbandada del frente Republicano, en la primavera de 1939, intentó cruzar la frontera de Portugal, no lo logró, fue puesto preso. Inesperadamente lo liberan en septiembre de 1939 y, llamado por el amor a su familia, intenta llegar a Orihuela, su cuna, su lugar de nacimiento y de amor por Josefina Manresa, pero ahí es puesto preso nuevamente. Un Seminario devenido en prisión (el de San Miguel), y las cárceles de Madrid, Ocaña y Alicante se van volviendo su periplo final.
Sesenta y siete años han pasado de la muerte de Hernández, setenta de esa caída de Madrid, del final de la Guerra Civil, del principio de una de las dictaduras más terribles del siglo XX: La dictadura Franquista (1939-1975).
El pueblo todavía calla, todavía acepta en silencio muchos de los horrores vividos durante esa noche oscura.
Yo, ahora, hago silencio y dejo que sean las palabras de Miguel, su llamado a los poetas, su esperanza que traspone fronteras, las que se conviertan en más que memoria, las que rompan la posible mortaja del tiempo.
LLAMO A LOS POETAS
Entre todos vosotros, con Vicente Aleixandre
y con Pablo Neruda tomo silla en la tierra:
tal vez porque he sentido su corazón cercano
cerca de mí, casi rozando el mío.
Con ellos me he sentido más arraigado y hondo,
y además menos solo. Ya vosotros sabéis
lo solo que yo voy, por qué voy yo tan solo.
Andando voy, tan solos yo y mi sombra.
Alberti, Altolaguirre, Cernuda, Prados, Garfias,
Machado, Juan Ramón, León Felipe, Aparicio,
Oliver, Plaja, hablemos de aquello a que aspiramos:
por lo que enloquecemos lentamente.
Hablemos del trabajo, del amor sobre todo,
donde la telaraña y el alacrán no habitan.
Hoy quiero abandonarme tratando con vosotros
de la buena semilla de la tierra.
Dejemos el museo, la biblioteca, el aula
sin emoción, sin tierra, glacial, para otro tiempo.
Ya sé que en esos sitios tiritará mañana
mi corazón helado en varios tomos.
Quitémonos el pavo real y suficiente,
la palabra con toga, la pantera de acechos.
Vamos a hablar del día, de la emoción del día.
Abandonemos la solemnidad.
Así: sin esa barba postiza, ni esa cita
que la insolencia pone bajo nuestra nariz,
hablaremos unidos, comprendidos, sentados,
de las cosas del mundo frente al hombre.
Así descenderemos de nuestro pedestal,
de nuestra pobre estatua. Y a cantar entraremos
a una bodega, a un pecho, o al fondo de la tierra,
sin el brillo del lente polvoriento.
Ahí está Federico: sentémonos al pie
de su herida, debajo del chorro asesinado,
que quiero contener como si fuera mío,
y salta, y no se acalla entre las fuentes.
Siempre fuimos nosotros sembradores de sangre.
Por eso nos sentimos semejantes del trigo.
No reposamos nunca, y eso es lo que hace el sol,
y la familia del enamorado.
Siendo de esa familia, somos la sal del aire.
Tan sensibles al clima como la misma sal,
una racha de otoño nos deja moribundos
sobre la huella de los sepultados.
Eso sí: somos algo. Nuestros cinco sentidos
en todo arraigan, piden posesión y locura.
Agredimos al tiempo con la feliz cigarra,
con el terrestre sueño que alentamos.
Hablemos, Federico, Vicente, Pablo, Antonio,
Luis, Juan Ramón, Emilio, Manolo, Rafael,
Arturo, Pedro, Juan, Antonio, León Felipe.
Hablemos sobre el vino y la cosecha.
Si queréis, nadaremos antes en esa alberca,
en ese mar que anhela transparentar los cuerpos.
Veré si hablamos luego con la verdad del agua,
que aclara el labio de los que han mentido.
***
E. Q.
Guatemala, abril de 2009.

